Fuente: InfoFunes
El capital chino que desembarca en la Argentina no siempre llega en barco ni firma memorandos con gobernadores. En Funes, sobre el corredor de la Ruta 9 en el Gran Rosario, la firma Mango&Coco S.A. levanta Full Market, un complejo cuya primera etapa es un supermercado de 3.000 metros cuadrados en la esquina de Ruta 9 y Tomás Minetti, a la altura de la Garita 13. La segunda etapa prevé entre 15 y 20 locales de unos 200 metros cuadrados cada uno. El mismo grupo planifica un segundo establecimiento en Bulevar Mitre al 800, entre Hipólito Bouchard y Florencio Varela, y un parque de diversiones cubierto de entre 3.000 y 3.500 metros cuadrados en el Parque Galindo, con juegos mecánicos, arcade y simuladores.
Detrás de esa expansión no hay una corporación estatal de Beijing sino una red de empresarios de origen chino radicados en la región, que saltaron de la gastronomía y el autoservicio a formatos de mayor escala. El relevamiento local identifica al Grupo Chen, de Shengfu Chen, en gastronomía, supermercados y bazares; a Youying “Julio” Ni, que combina comercio minorista con importación y exportación; a DD2, de Qingping Zhuang y Wenjing Yan; a ZZ Regalería, de Weifeng “Mateo” Zheng; a XT Regalos, de Leo Lin; y a Casa Ganga, de Martín Lin, Zhiwei Cai y Luciano Yang. El presidente de la Asociación Empresaria de Funes, Germán Nocera, prefirió descomprimir el debate: “No creo que haya que plantearlo como cuestión de comercio chino contra argentino”, sostuvo.
La escala nacional del fenómeno explica por qué importa. Los autoservicios de residentes chinos operan en el país desde 1993 y hoy suman alrededor de 13.000 bocas, con presencia en todas las provincias menos Tierra del Fuego y tres aperturas nuevas por mes, según la cámara del sector (CASRECH). Los locales dejaron de ser el almacén de barrio: el más grande, en Orán (Salta), tiene 4.500 metros cuadrados. Con una caída de ventas cercana al 10% por la contracción del consumo, la cámara proyectó un centro mayorista propio de 10.000 metros cuadrados para acortar la cadena de distribución. Nada de esto pasa por el RIGI ni figura en las estadísticas de inversión extranjera directa: es capital privado, atómico y sin registro consolidado.
El mismo movimiento se ve a pocos kilómetros. En Rosario avanza un Barrio Chino impulsado por un fideicomiso privado que ya reúne 70 comercios interesados, con tickets de ingreso desde 5.000 dólares, dos zonas en carrera —Córdoba entre Laprida y San Martín, y Ovidio Lagos en Pichincha— y una apertura prevista entre diciembre de 2026 y marzo de 2027. Es la otra capa del capital chino en el área metropolitana: mientras la corporación estatal CMEC recorre el cordón portuario del Paraná buscando obras de infraestructura, decenas de empresarios sin apellido conocido compran locales, alquilan galpones y arman polos comerciales. En Perú o Panamá la presencia minorista china también es vieja, pero pocos países de la región tienen una densidad de comercios de proximidad comparable a la argentina.
Ahí está la ambigüedad que el Observatorio viene señalando. El debate público sobre China se concentra en el litio, los puertos y el swap, donde hay cifras, contratos y controles; el capital comercial, que es el que el vecino ve todos los días, no tiene estadística oficial, ni seguimiento de origen de fondos, ni política pública que lo acompañe o lo regule. La asimetría no es menor: un grupo que abre un supermercado de 3.000 metros cuadrados mueve empleo, precios y competencia sin que ninguna ventanilla estatal lo registre como inversión extranjera. Las preguntas quedan abiertas: ¿de dónde sale el financiamiento de esta nueva etapa de escala mayor? ¿Qué pasa con los proveedores y los comercios que no pueden competir con esa estructura de costos? ¿Y por qué el Estado argentino sigue sin medir la forma más capilar del capital chino en su propio territorio?
