China se consolidó como el principal proveedor de los proyectos que gozan de los mayores beneficios fiscales de la Argentina. Según un informe de la consultora EcoGo difundido esta semana, las compras externas de las iniciativas adheridas al Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI) tuvieron a China como origen de 272,5 millones de dólares, el 35,3% del total. Estados Unidos quedó segundo, con 157,5 millones y el 20,4%: entre ambos explican el 55,7% de lo importado por el régimen. Corea del Sur aparece tercera. Agosto, además, marcó un récord, con unos 140 millones de dólares en bienes de capital vinculados al RIGI, el mes más alto desde que el esquema entró en vigencia.
Del lado argentino, los compradores son los proyectos insignia de la reconversión energética y minera. Tres concentraron dos tercios de las importaciones de agosto: Vaca Muerta Oleoducto Sur (VMOS), el consorcio que integran Pan American Energy, Chevron y Shell, que trajo tubos y válvulas; Transportadora de Gas del Sur, con compresores; y GEAR, con generadores eléctricos. A ellos se sumaron San Matías y Rincón de Aranda, en Neuquén. Del lado chino no hay una sola compañía sino un entramado de proveedores que domina categorías enteras del suministro: paneles fotovoltaicos, transformadores de potencia, cadenas de acero y cañería de gran diámetro. En mayo, la petrolera estatal CNPC inscribió dos subsidiarias en el país, orientadas a servicios de perforación y fractura horizontal.
La cifra no es un accidente del mercado: está escrita en el propio régimen. El RIGI exime de derechos de importación a los bienes de capital que ingresan los proyectos adheridos, lo que abarata cualquier compra externa frente a la producción local. Y el artículo que obliga a destinar al menos el 20% de la inversión a proveedores argentinos incluye una salvedad decisiva: rige siempre que existan proveedores locales disponibles en condiciones de mercado de precio y calidad. La Cámara de Industriales de Proyectos e Ingeniería identificó 34 insumos que la industria nacional podría fabricar y que igual se traen de afuera. El caso testigo lo documentó El Cronista: Rio Tinto encargó en China cerca de la mitad de las 6.000 toneladas de estructuras metálicas que necesita para Rincón, su proyecto de litio en Salta de 2.700 millones de dólares.
El patrón no es exclusivo de la Argentina. En toda la región, el capital chino dejó de entrar solo como dueño de activos para hacerlo también como proveedor de la cadena de suministro: equipamiento minero en Chile y Perú, grúas y logística portuaria en Chancay, buses y transformadores en Brasil. Es una presencia menos visible que una adquisición y más difícil de revertir: no figura en las estadísticas de inversión extranjera directa ni activa mecanismos de revisión regulatoria, pero define qué tecnología queda instalada y de dónde vendrán los repuestos por décadas. Un relevamiento previo ya mostraba que China aportaba el 100% de los paneles solares y de los transformadores de potencia importados por estos proyectos.
El contraste merece subrayarse. El Gobierno construyó su política exterior sobre el alineamiento con Washington, presentó el RIGI como la herramienta para atraer capital occidental y hasta introdujo cláusulas restrictivas contra oferentes chinos en licitaciones sensibles. Pero cuando las empresas beneficiadas por ese régimen salen a comprar, más de un tercio de lo que traen sale de fábricas chinas. La asimetría es doble: el Estado resigna recaudación para financiar inversiones que en buena medida dinamizan empleo industrial en Asia, mientras el rojo comercial bilateral acumulado desde 2008 ya supera los 100.000 millones de dólares. Quedan dos preguntas abiertas: ¿alguien audita el cumplimiento del piso del 20% local, o la salvedad de las condiciones de mercado lo vuelve letra muerta? ¿Y qué ocurre si el alineamiento geopolítico endurece las restricciones sobre proveedores de los que estos proyectos ya dependen?
