Fuente: Infobae / Ámbito Financiero
Las exportaciones argentinas de carne alcanzaron entre enero y julio de 2026 un valor acumulado de USD 3.464 millones, el mayor registro en una década y un salto del 35% interanual, según datos de la Subsecretaría de Mercados Agroalimentarios e Inserción Internacional procesados a partir del INDEC. La carne bovina explicó la mayor parte de ese ingreso, con USD 2.768 millones y un alza del 37% en valor sobre 403.100 toneladas embarcadas, mientras que los complejos porcino y ovino crecieron 111% y 87% interanual, respectivamente.
Detrás de ese récord hay un solo comprador que explica la mayor parte del envío: China concentró el 59,8% del volumen exportado en el período. Solo en julio, el gigante asiático importó 37.500 toneladas de carne argentina —21.000 deshuesada y 16.500 con hueso— por USD 172,6 millones, a un precio promedio de USD 6.010 la tonelada sin hueso. El valor promedio general de exportación trepó a USD 7.123 la tonelada en julio, un 27,5% más que un año atrás, tras haber tocado un mínimo de USD 3.740 a mediados de 2024.
La lectura de esos números exige matices. Que casi seis de cada diez toneladas de carne argentina tengan como destino un único mercado no es solo una buena noticia comercial: es también una exposición estructural. China ha demostrado en el pasado su disposición a usar el acceso a su mercado como herramienta de presión política y sanitaria —restricciones súbitas por cuestiones fitosanitarias, cierres de cupos o renegociaciones unilaterales de condiciones— y una demanda que hoy empuja los precios al alza puede revertirse con la misma velocidad si Beijing decide reorientar sus compras hacia otros orígenes, como Brasil, Uruguay o Estados Unidos.
El propio informe oficial señala un dato que matiza la dependencia: la participación de Estados Unidos como destino de la carne argentina creció de apenas 6% a 17% en el último año, en un contexto de acercamiento comercial impulsado por la administración Milei con Washington. Ese movimiento sugiere un intento, todavía incipiente, de diversificar mercados en medio de la disputa geopolítica entre las dos potencias por su influencia económica en la región. Sin embargo, la brecha con China sigue siendo enorme, y la agroindustria argentina —a diferencia de sectores como el litio, donde el capital chino entra como inversor directo bajo el RIGI— queda del lado más vulnerable de la relación: el de proveedor de materia prima cuyo precio y volumen dependen de decisiones tomadas en Beijing.
El patrón no es nuevo. Ya en el comercio de soja y otros commodities agrícolas, China concentra una porción determinante de las compras externas argentinas, replicando un esquema de relación asimétrica que combina apetito genuino por alimentos de calidad con un poder de negociación que la Argentina, hasta ahora, no ha logrado equilibrar con condiciones comerciales más favorables ni con una diversificación efectiva de destinos. El propio sector ganadero recuerda episodios recientes en los que restricciones sanitarias chinas —reales o utilizadas como excusa comercial— dejaron a productores y frigoríficos locales con stock inmovilizado y sin capacidad de reorientar rápidamente los embarques a otros mercados.
Para el Gobierno argentino, el desafío de fondo excede a la carne: se trata de negociar con Beijing condiciones de acceso más estables y previsibles, al tiempo que se profundiza el acercamiento comercial con Estados Unidos sin resignar el principal mercado de exportación cárnica del país. Mientras esa ecuación no se resuelva, cada informe de récord exportador seguirá conviviendo con la misma advertencia: la bonanza actual depende, en última instancia, de decisiones de compra que la Argentina no controla.
